El Exorcista (The Exorcist – 1973)

Existen ciertas películas que marcan un antes y un después en su generación. Son filmes que dejan una huella imborrable cuya herencia se ve marcada en multitud de ramificaciones. Películas de culto que señalizan una senda que nadie antes había cruzado. Un espejo donde a partir de ese momento se mirarán una miríada de obras para aprender y seguir avanzando. Es el caso de “el Exorcista”, un filme encuadrado en el género del terror que llevó a la pantalla y, sobre todo, al mainstreaming un tipo de cine nunca visto antes. Una historia que traspasaría los límites audiovisuales para quedarse en nuestro recuerdo.

El argumento es el siguiente: Chris Macneil (Ellen Burstyn), una famosa actriz estadounidense, se traslada junto a su hija Regan (Linda Blair) a la ciudad donde se rueda su nueva película. Regan, mientras su madre trabaja, ha descubierto un nuevo juego llamado ouija donde encuentra un amigo imaginario, el Capitán Howdy. Lo que parece una vida normal se verá interrumpida por numerosos y crecientes sucesos paranormales. Chris, preocupada, lleva a Regan a los mejores doctores y psiquiatras de la ciudad con resultados negativos. La apariencia de Regan va deteriorándose hasta transformarse en algo horrible, desfigurado, indescriptible. Ninguna explicación médica ni mental dan con lo que le sucede a Regan. Así, en un último intento desesperado, Chris recurre a la Iglesia Católica en busca de un exorcismo…

Nominada a diez Oscars incluida mejor película, director, actriz principal (Ellen Burstyn), secundaria (Linda Blair) y actor  secundario (Jason Miller) y ganadora de dos de ellos al mejor sonido y guión adaptado. Algo inaudito para una cinta de terror que desgraciadamente sigue vigente en nuestros días.

William Friedkin, realizador ganador del Oscar por “French Connection, Contra el Imperio de la Droga”, ejerce como director. Un autor que llevaría el proyecto personalmente con la colaboración del guionista y autor del libro homónimo, William Peter Blatty. Una relación no exenta de problemas por la decisión final de Friedkin de eliminar bastante metraje del filme para descontento de Blatty que pensaba que eran escenas fundamentales para el desarrollo de la obra. Muchos años después, la amistad que mantuvieron estos dos autores hizo que Friedkin montara de nuevo el filme con el material eliminado en lo que se conoce como el montaje del director -que podríamos decir más bien el montaje del guionista-. Escenas míticas como la Regan Araña, fotogramas ocultos durante el metraje o conversaciones personales de los personajes fueron restauradas para esta versión final estrenada en el año 2000.

En cuanto a los actores, la historia gira en torno a cuatro personajes. Ellen Burstyn (Chris Macneil) como la sufrida madre que ve como su dulce e inocente hija se transforma en la peor de las pesadillas; Jason Miller (Karras) un brillante psiquiatra sacerdote que está perdiendo la fe; Max Von Sydow (Merrin), un anciano sacerdote que lleva toda la vida luchando contra el mal encarnado y, por supuesto, Linda Blair (Regan) como la niña endemoniada. Aparte, una serie de secundarios brillantes que dan a la trama el grado de complejidad necesario destacando por encima del resto el simpático teniente cinéfilo de policía Kinderman  (Lee Cobb). Pero la excepcionalidad de los personajes es construida con la existencia de un guión pausado que se permite el lujo de ahondar en las personalidades de sus protagonistas. Algo inusual en la mayoría de películas estadounidenses. Aquel que vaya a ver el filme creyendo que se va a encontrar una obra trepidante y acelerada se decepcionará. Más de la mitad del filme se centra en el desarrollo de los roles principales. Vemos como Chris se va desmoronando con los acontecimientos que la rodean, como el padre Karras va perdiendo la fe en su dios tras la muerte de su madre y como una tierna y angelical niña se convierte en el horror personificado. No es hasta la última parte de la cinta cuando se destapa la malevolencia palpable de la película. Eso sí, cuando llega es mejor estar preparados porque en pocas obras se ve tanta brutalidad, truculencia y terror puro como en esta cinta.

La puesta en escena es impresionante. Todo aquel que se haya leído el libro – cosa que recomiendo encarecidamente – sabrá la capacidad de impacto que este transmite, pues bien, en la película queda retratado de una forma tan auténtica que da miedo, mucho miedo. La parte final donde se produce el exorcismo es historia viva del 7º arte y, sobre todo, del género de terror. Escenas bruscas, directas y sin música alguna nos transportan hacia una habitación maldita donde reside el horror. El director juega con el realismo y con la ausencia de efectos sonoros para hacernos partícipes del malévolo proceso. El frío gélido que se viven en algunas escenas del filme parece calarnos hasta los huesos y la tortura psicológica de Regan llega al espectador sin mediación ninguna. El terror atraviesa la pantalla.

Mención parte merecen los efectos especiales y de maquillaje. Actualmente todo se consigue mediante el CGI y efectos informáticos pero en plenos años 70 todo se hacía manualmente. Algo que lleva lo conseguido en esta película a los altares. Levitaciones, movimientos poltergeist, encuadres de cámara y ángulos imposibles en un momento donde la steadycam era una quimera. Pero si los FX son espectaculares, el maquillaje es para quitarse el sombrero. La metamorfosis de Regan a lo largo del filme es docencia para el género. Realmente es, nunca mejor dicho, algo sobrenatural. Pero es que para muchos, hay un maquillaje desapercibido que apuntala aún más las virtudes de este apartado. La transformación de Sydow de un hombre de 44 años a  la imagen del debilitado anciano mostrada en la cinta es extraordinaria. Fíjense que para mí, durante muchos años, uno de los misterios de este actor era como siempre parecía tener la misma apariencia del momento del  “El Exorcista” y es que el trabajo de maquillaje de este filme consiguió adelantarse al paso del tiempo.

Resumiendo, un título imprescindible de la historia del cine que consiguió elevar el cine de horror a cotas insospechadas hasta aquel entonces y demostró que el cine de terror y/o fantástico puede conseguir la misma calidad o superior que  cualquier otro género del 7º arte.

Puntuación:  10 sobre 10.

Lo mejor: La prueba que el terror y la calidad no están enfrentadas.

Lo peor: Las inexplicables risas que produce el visionado de esta cinta en algunas “personas”.

La escena: La levitación de Regan.

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~ por hpkorgan en 14 febrero 2011.

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